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Este 28 de junio- cuarenta años del golpe en que el hirsuto General Juan Carlos Onganía liquidó una experiencia democrática más- fue un aniversario en el que el tema pasó casi desapercibido, ocupada la agenda masmediática por las artificiosidades globalifutboleras, mientras que las audiencias se hallan entre obnubiladas y (en menor medida) fatigadas por las algaradas de los enviados especiales a Alemania, devenidos en hinchas de la selección nacional, más que en personas caracterizadas por el rigor conceptual o la capacidad informativa.
El contexto general de la época nos permite comprender la pasividad que demostró gran parte de la sociedad civil frente al putsch: la activa campaña de los medios ligados al poder económico (tendiente a vincular la democracia con la ineficiencia en la gestión) germinó, en cierto modo, favorecida por la proscripción de la fuerza política mayoritaria, el Justicialismo. El clamor de las masas por su caudillo fue puntillosamente preparado. Ni el pueblo, ni los partidos políticos sintieron necesidad de defender las instituciones. Como ocurriera a posteriori en 1976, el golpismo fue favorecido por las fuerzas que debían anclar en la democracia. Según el periodista Luís Bruchstein . a Balbín, que representaba a la gran mayoría de los radicales, se le atribuyen frases como "mejor que haya sido así, porque este gobierno se iba a hundir arrastrando al partido". En todo caso, actuó como si lo hubiera dicho. El balbinismo era una de las fuerzas políticas que tenía contactos más fluidos con los militares. (Contratapa de Página 12 del 28-06-06.) Y agreguemos además que el Balbinismo era la mayoría en la U.C.R.
Por otra parte, es sabido que gran parte del peronismo- y el propio general Perón- favorecieron el golpe, por acción u omisión. Voces solitarias como la de John William Coocke no por abnegadas y acertadas se hallaban menos aisladas. Mientras tanto, la mayor parte del justicialismo se identificaba más con Augusto Timoteo Vandor y José Alonso, presentes en la jura del General bendecido desde antes de asumir por la gran democracia del norte.
El sueño de reeditar la alianza pueblo-fuerzas armadas no reparaba en las diferencias de situación. Tras dos décadas del advenimiento de Perón, la guerra fría permitía un margen de maniobra incuestionablemente menor que en 1945.
El poder económico- imposibilitado de llegar al gobierno por medios electorales- estableció una alianza con sectores de las fuerzas armadas, que el politólogo Guillermo O'Donell denominó Estado Burocrático-autoritario. Las delirantes veleidades fundacionales del dictador (construir un sistema fascistoide de tipo comunitario-corporativo, que reemplazase al parlamento y al sufragio universal) fueron consentidas por los monopolios, que se reservaron la gestión económica para si.
Además en primera fila, la Iglesia Católica regaba con agua bendita y ramas de olivo la sacrosanta alianza de generales, empresarios, tecnócratas y periodistas interesados en el país. Uno de los temas que urge en debatir en nuestra realidad actual es el hecho que la institución eclesiástica favoreció- con indudable entusiasmo- los tres intentos más importantes para liquidar la cohesión social de la nuestra sociedad y destruir su autonomía (soberanía) nacional. Nos referimos al propio Onganiato, al proceso genocida (1976-1983) y a la década ultra-infame, es decir, el tiempo en que este país fue tupamarizado por las distinguidas hordas neoliberales, presidencias de Menem mediante (1989-1999). La arrogante pretensión de curas y obispos por colocarse en la situación de portavoces del ser nacional debe ser cotejada con la acción concreta desplegada por la Iglesia para que tal debate sea efectivamente fructífero.
El pueblo sufrió un castigo; que puede ser catalogado como harto excesivo, aun para los analistas más críticos con su trayectoria. Un plan económico- que perjudicó de modo desigual a trabajadores asalariados, comerciantes y empresarios nacionales- y se ensañó muy particularmente con los eslabones más débiles: las economías del norte del país, en especial, la caña de azúcar. El sesgo principal fue alentar la concentración económica, o sea, favorecer a los monopolios.. Pero no fueron los únicos padecimientos los provocados por el plan económico, por cierto. Se intervinieron las universidades, se cerró el parlamento, se prohibió la actividad de los partidos políticos sine die. Estas son las condiciones que gestaron la violencia política que desgarró a nuestra sociedad en los tiempos posteriores. La torva moralina de Onganía lo llevó a prohijar compulsivos cortes de cabellera a varones pelilargos, en un coiffeur de seccional, como decía la marcha de la bronca, tema emblemático de la época. Es que un varón argentino debía lucir uniformado.
También, impulsó allanamientos en hoteles de pareja, hizo colocar luces a giorno en confiterías antes en penumbras, desarrolló una censura asfixiante de la creatividad y desaguisados de todo tipo que sería kilométrico enunciar. El régimen se reservó un tiempo económico para alentar el crecimiento del país, no menor de dos décadas. Luego vendría un tiempo social, de reordenamiento para la sociedad. Finalmente, el tiempo político, de devolución de la soberanía al pueblo, sería disfrutado recién por los argentinos no natos aún.
Las tensiones (macro)económicas, las contradicciones políticas y las torpezas señaladas fueron horadando lentamente el primitivo consenso del que gozaba Onganía. La combatividad fue creciendo lentamente entre los sectores populares, mientras que las secciones juveniles de casi todas las fuerzas políticas fueron radicalizando sus planteos y métodos, incorporando en no pocos casos la lucha armada. Tal vez el error haya sido confundir un método de lucha- como el último citado- con un planteo estratégico, pero esta ya es una discusión mas vasta.
Lo cierto es que la combatividad popular halla su momento más alto en el Cordobazo, el 29 de mayo de 1969. No interesa la polémica acerca de la supuesta permisividad del comandante en jefe del ejército, Alejandro Agustín Lanusse, enemistado con el dictador. Aún concediéndola (y no es nuestra idea), no modifica el heroísmo de las masas obreras y estudiantiles de Córdoba. La insurrección de la antaño bucólica ciudad mediterránea liquida por vía práctica los sueños de grandeza de mister Onganía. De prócer en el mármol quedo confinado a figurita ridícula en los recordatorios de la derecha. Subsistió un año más, hasta que la conmoción causada por el secuestro y muerte del fusilador General Pedro Eugenio Aramburu hizo que fuera barrido por el generalato, que comenzó a pergeñar el modo de devolver la gestión publica (del modo más condicionado posible) a los civiles. Ya en el siglo XXI, recordar las cuatro décadas del Onganiato nos exige leer su significación contemporánea.
- 1) El golpe fue producido- entre otras circunstancias- por la contradicción existente entre el poder político y el poder económico. El estado burocrático-autoritario fue un modo en que se saldó tal contradicción. En los '90, el problema se resolvió a favor de los monopolios gestionando el Menemismo un plan de saqueo del país que liquidó el entramado social de la nación. La aceptación de la democracia por parte del citado poder tiene económico directa relación con la completa domesticación de los partidos tradicionales, sintetizada en la casi total liquidación del rol interventor del estado a favor de los sectores populares.
- 2) El pueblo no ha balanceado aún de modo suficiente la trayectoria de los dos grandes partidos políticos, en especial del P.J., que fueron cómplices con los tres procesos más degradantes sufridos por nuestra sociedad y ya citados.
- 3) La probabilidad de que los diversos gobiernos gestionen modelos económicos alternativos al neoliberal reactualizan la posibilidad que el poder económico apoye salidas desestabilizadoras de cualquier tipo, sean golpes, hiperinflaciones o invasiones yankis.
- 4) Frente a tal amenaza, la única salida de fondo es la más amplia movilización popular para avanzar en la redistribución del ingreso, profundizar la democracia y ampliar la capacidad autónoma del estado nacional. Esta perspectiva fue la que no predominó en junio de 1966 y siempre el abandono de la democracia redunda en dolor popular.
Raúl Isman raulisman@yahoo.com.ar Miembro del Consejo de Redacción de la Revista Desafíos |