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La política tiene que romper el paradigma del mercado Imprimir E-Mail
Nota de Bernardo Tirelli en Buenos Aires Económico del 15 de abril de 2008

Las diversas actuaciones de las últimas semanas, con motivo del conflicto agrario y sus múltiples actores, productivos, sociales y políticos, no impidieron ver detrás de la escena. Apareció con claridad la diferencia entre los pequeños productores y los grandes grupos agropecuarios asociados al capital financiero y esto permitió pasar de discutir retenciones a debatir modelo de país.
Se plantearon algunas falsas contradicciones como campo vs. ciudad o campo vs. industria, ocultando con ellas un intento a retrotraernos a un pasado de exclusión y privilegio de pocos.
Mientras algunos pretendieron medrar en las aguas del río revuelto también se pudieron apreciar muchas debilidades políticas, sociales y culturales.
Con todo, la idea de un país más justo, sin pobreza, prevalece y en esta línea resulta incuestionable capturar la renta de los sectores concentrados para establecer un mecanismo de distribución de la riqueza.
David y Goliat
Todos recordamos la pelea entre David y Goliat. El nuevo Goliat también la recuerda, porque después de esa experiencia aprendió. Supo que David le había ganado con habilidad e inteligencia. La habilidad estaba en la ligereza de sus movimientos y la inteligencia puesta en la innovación tecnológica que era la honda que permitía superar las diferencias de tamaño y acortar distancias.
Así que Goliat uso la fuerza para el cambio. Eso fue la dictadura de Videla y el plan del 2 abril del 76 de Martínez de Hoz y el remate final con la liquidación del Estado en los 90 de Menem-Cavallo. Goliat sumó a la fuerza la habilidad financiera y produjo un proceso creciente de extranjerización y concentración económica. Se perfeccionó con incorporación tecnológica y economías de gran escala.
Con esto, a su vez, debilitó a David. La industria nacional y los productores agropecuarios retrocedieron, se redujeron en centenares de miles. Se perdió el empleo, creció la pobreza, grandes espacios territoriales se volvieron económicamente inviables, se acentuó la desigualdad social y territorial.
El nuevo David está débil, perdió la ligereza para moverse y la honda ya es una antigüedad tecnológica. Se siente solo y desconfiado, no puede vencer a Goliat. Entre las desconfianzas se manifiestan cuestiones de falta de transmisión de políticas y de arrastres culturales de años de liberalismo
José A Martínez de Hoz en su libro Bases para una Argentina Moderna, 1981, afirma que la Dictadura de Videla –quién prologa el libro- llegó para producir un cambio de mentalidad (pág 12), realizar la reestructuración de la economía (pág 14) y establecer un Estado prescindente (pág 17). Así se sentaron las bases, a mano armada, de cambios estructurales que también fueron culturales, favoreciendo la concentración económica y la desaparición del Estado.
Esta política que terminó de consumarse en los 90 dejó secuelas profundas no sólo en los niveles de destrucción del trabajo y la industria sino también en los cambios culturales producidos por el empobrecimiento, las formas de desigualdad que se han ido profundizando, la quiebra de solidaridades y el desmembramiento del tejido social que, antes de ello, permitía la movilidad ascendente.
La consecuencia más grave fue que nuestro Pueblo perdió a la política como su instrumento de cambio social. La política pasó a ser conducida por la economía y la clase política socia de sus negocios y, a su vez, el Estado resultó un ausente, útil a intereses antinacionales.

Cambio de mentalidad
Aún no estamos repuestos de esta situación. En estos cinco años, nuestro Pueblo volvió a tener la esperanza de un futuro mejor, hubo importantes avances en la recuperación del control político sobre la economía, incluyendo el apoyo popular reciente dispuesto a resistir cualquier chantaje, pero se sigue desconfiando de la política o de los políticos y el estado tiene aún muchas asignaturas pendientes
Es necesario recuperar la autoestima, confiar en nuestras posibilidades como Nación, cambiar la mentalidad. Sólo así se podrá enfrentar los cambios estructurales sin prejuicios ni condicionamientos.
Con el conflicto del campo van quedando algunas posiciones afirmadas. El campo es base de nuestro valor económico, una de nuestras fortalezas competitivas, hay que defender su rentabilidad, pero esto no es excluyente para avanzar hacia un país industrial.
Por ello se ejerce la defensa de un valor cambiario alto como promotor de una política de desarrollo industrial, pero que también es generador de la rentabilidad de los bienes agropecuarios exportables. Surge entonces la necesidad y consenso de la apropiación social de la renta.
Y se avanzó. De discutir modelo se pasó a discutir los mecanismos de aplicación de la distribución del ingreso.
La importancia de esto reside no sólo en la superación del conflicto con el campo sino en el reconocimiento de que las medidas macroeconómicas, por sí solas, son insuficientes para corregir el rumbo de la economía hacia una mejor distribución del ingreso.
Si la dictadura no hubiera violado los derechos humanos también sería condenable. En realidad, los violó porqué sólo por la fuerza pudo destruir nuestras capacidades nacionales. Terminar con la impunidad y recuperar la justicia es restablecer esas capacidades perdidas ya que al persistir estos elementos estructurales construidos desde la dictadura son justamente los sectores concentrados los que captan todos los beneficios o trasladan hacia sectores más postergados las cargas que se le imponen.
Así funciona hoy con las retenciones. Pero también con los otros aspectos de la economía. Valga de ejemplo la ley de promoción de inversiones o la ley de biocombustibles. Estas leyes no marginan a las pymes industriales o agropecuarias pero todos los beneficios fiscales son capturados por los grandes grupos económicos con bajísima creación de empleo y prácticamente ninguna participación de la pequeña y mediana empresa.
Se necesita un cambio de mentalidad, un cambio de paradigma, romper con la lógica de las políticas dictadas por el mercado. Hace falta que la política intervenga más, para que el Estado cumpla con el mandato popular transferido al gobierno que lo ocupa, restableciendo la justicia de los derechos sociales y económicos perdidos, para recuperar Soberanía.

Un paso adelante
Las alteraciones en las rentabilidades, de las distintas producciones de las pymes agropecuarias, muestran un aumento de costos por crecimiento de precios. Lo mismo acaban de señalar las pymes industriales. El conflicto demuestra que del aumento de precios, por presión de demanda de productos, se está pasando a la puja distributiva. Esto a su vez está debilitando la competitividad cambiaria. La tentación es encontrar medidas correctivas economicistas cuando la inflación es un fenómeno esencialmente político.
Sin negar las medidas técnicas necesarias y las soluciones de corto plazo que se apliquen para resolver el conflicto del campo, ahora es la oportunidad de esbozar cambios de fondo, de dar un paso adelante.
Hacen falta políticas activas directas por parte del Estado para promover el proceso de reindustrialización y la industrialización de vastas zonas que jamás en nuestra historia vieron una fábrica. El sur despoblado y el norte empobrecido tienen que ser los destinatarios directos de esta acción del Estado creando desarrollo económico con equilibrio regional. La combinación inteligente de los sujetos sociales, la aplicación de conocimiento, la generación de empleo, la capacitación y la inversión, donde no la hay ni nunca la hubo privada, sólo puede hacerla el Estado.
Esto implica consolidar el crecimiento con un proyecto de desarrollo productivo planificado con una visión estratégica de largo plazo. Esta planificación del desarrollo con intervención pública resulta indispensable para corregir el sentido y la dirección que el mercado imprime al crecimiento económico y así alcanzar los objetivos relacionados con los intereses del Pueblo.
Iniciar acciones que, por consenso y acción directa del Estado, reconstruyan un Proyecto Nacional tendrá el impacto suficiente para condicionar a los agiotistas y promover el desarrollo productivo y la creación de empleo.
La política tiene que seguir estando en el centro de la escena movilizando al conjunto de las fuerzas políticas y sociales y es la que tiene que canalizar la esperanza colectiva de un futuro mejor. 
 
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